Una clase de narración periodística

DÍA DE HIELO EN EL IMPERIO. por Tomás Eloy Martínez, La Nación 05/02/2000

HIGHLAND PARK, N. Jersey.- El martes 25 de enero tuve que viajar de Nueva York a Boston en medio de una de las peores tormentas de hielo de la historia. Como los aeropuertos estaban cerrados y los trenes quedaban varados ante las súbitas murallas blancas que crecían sobre los rieles, hice al fin la travesía en una camioneta conducida por uno de mis hijos. Javier es un volante experto y confiable, pero iba tan muerto de miedo como yo.

El viaje, que habitualmente dura cuatro horas, nos llevó poco más de ocho, a veces detrás de lentísimos camiones que derramaban toneladas de sal sobre las precarias huellas de la ruta, y casi siempre sobre una lisa blancura ciega, sin orillas ni fin, por la que avanzábamos en estado de adivinación más que de razón. La aventura, sin embargo, valió la pena, porque en las afueras de Vernon, Connecticut, nos esperaba una de esas historias que reflejan, por sí solas, las fragilidades del imperio americano.

Todo lo que sucedía esa noche estaba yendo en dirección contraria al orden natural de las cosas. La nieve, el viento y el hielo no descendían desde el çrtico, como es lo lógico, sino que llegaban de las templadas planicies del sur. En Raleigh, Carolina del Norte, donde los inviernos primaverales se venían repitiendo desde quién sabe cuándo, cayó medio metro de nieve en el curso de un solo día. En Atlanta, donde el domingo 30 se jugó la final del fútbol norteamericano, las calles amanecieron durante toda la semana cubiertas por una mortal e indestructible capa de hielo.

Cuando atravesamos los puentes elevados que hay en el centro de la ciudad de Hartford, Connecticut, eran las seis de la tarde. A esa hora son comunes los atascos de tránsito y las esperas de media hora bajo los túneles del hotel Sheraton, pero aquel martes éramos los únicos en la ruta. No había ni un mísero vehículo afrontando las incesantes lanzas de hielo que caían de lo alto.

A eso de las siete, la tormenta se había vuelto temible y tuvimos que detenernos en uno de esos restaurantes llamados Friendly´s que hay a los costados del camino y en los que sirven comidas rápidas. No era la primera vez que parábamos. Ya habíamos entrado en varias estaciones de servicio en busca de café caliente, y habíamos sufrido la contrariedad de que en aquel infierno de 20 grados bajo cero sólo encontrábamos máquinas de bebidas heladas: Coca-Cola, Sprite, Diet Coke y todas las otras llamativas latas de la misma familia. La esperanza de que al menos en Friendly´s nos sirvieran una taza de té nos entibió el corazón. Había té, pero también una de esas raras historias que el azar depara sólo una vez en la vida. Es la que voy a contar en esta columna.
La fórmula mágica

No sé por qué hubo tantos azares juntos aquella tarde. El tiempo se mueve siempre en línea recta, pero las cosas que suceden en el tiempo se van y vuelven cuando menos se las espera. Cada vez que buscábamos té o chocolate caliente durante la travesía, encontrábamos tantas máquinas de Coca-Cola helada que me puse a repasar lo poco que sé sobre esa empresa gigantesca, que vende unos 85 mil millones de litros diarios en 160 países, con ganancias anuales netas que superan los 500 millones de dólares. Hay máquinas de Coca-Cola en el desierto de Arabia, a cien kilómetros de Riyad; en las montañas inaccesibles de Albania y al pie de la Muralla China. El logotipo de la compañía, dibujado con elegante caligrafía por uno de los tres socios originales, Frank Robinson, es ahora uno de los símbolos inequívocos del imperio norteamericano.

El inventor de la bebida fue un farmacéutico de Atlanta, John Stith Pemberton, en cuyo negocio se vendían a la vez tónicos para la tos y jarabes helados. En 1886, a los cincuenta y un años, Pemberton imaginó una combinación química que, a su juicio, aplacaba la sed. Aunque sólo tres personas en el mundo saben cuál es la fórmula exacta de la bebida, los dos componentes básicos de la bebida son notorios: el extracto de la nuez del árbol llamado cola, y el té que se obtiene de las hojas de la coca. De ahí su nombre: Coca-Cola.

El sabor se complementa con otras sustancias vegetales, un poco de cafeína y azúcares. Como la bebida era también medicinal, el jarabe contenía una cantidad insignificante de cocaína (alrededor de una parte en 50 millones). Sin embargo, un debate nacional sobre el tema determinó que, hacia 1929, se eliminara hasta el más leve rastro de esa sustancia. Al principio, la Coca-Cola se vendía en botellas convencionales y no se distinguía demasiado de los otros jarabes. El éxito sobrevino cuando al concentrado original se le agregó agua con gas en vez de agua común y, más tarde, en 1913, cuando el diseñador C. S. Root y un asistente llamado Edward crearon la botella que ahora es célebre a partir del dibujo de una nuez de cola (parecida a la cáscara del maní), truncándola por debajo y estilizándola con unas ranuras verticales. El resto de la historia está hecho de estadísticas. Aunque Coca-Cola tiene miles de embotelladoras y concesionarios en todo el mundo, la sede central, en Atlanta, emplea, ella sola a unas 30.000 personas. Aún figura entre las más prósperas del mundo, pero ciertos síntomas inquietantes han empezado a manifestarse desde hace un año. Las ventas han caído muchísimo en Alemania y Japón, que eran dos de los cinco países con más alto consumo, y se vinieron casi a pique en Rusia y en casi todas las demás regiones de Europa del Este. El nuevo presidente de la compañía, Douglas N. Daft, oyó la voz de alarma y decidió hacer algo drástico para frenar el derrumbe.

Un hombre como tantos
En esa parte de la historia estábamos cuando se hicieron las siete y llegamos al Friendly´s. Nos sentamos a una mesa junto a la ventana para ver el hielo implacable, y ordenamos pollo asado, papas y litros de té hirviente. Mientras poníamos nuestros huesos en orden, oímos el ahogado sollozo de un hombre. Hay pocos sonidos más desoladores que el de un hombre llorando, y en la soledad de un restaurante de carretera, una noche destemplada, esas tristezas se acentúan. El personaje tendría unos cuarenta años y vestía un elegante traje gris, corbata y camisa almidonada. En la silla de al lado se veía un portafolio de cuero rígido, una bufanda y un abrigo de paño: casi nada para las inclemencias de aquella noche.

De pronto lo reconocí: era Aurelio Sánchez Ces, un gallego hijo de pescadores que en 1975 se había marchado a Suiza a cosechar manzanas y con el que, veinticinco años después, compartí un vuelo de Aerolíneas Argentinas entre Madrid y Buenos Aires. Recuerdo que en aquel vuelo estaba orgulloso de sí mismo. Había completado sus estudios de marketing en la Universidad Complutense y trabajaba en la División Ibérica de la Coca-Cola Company, donde ganaba 3000 dólares mensuales, una barbaridad. Soñaba con perfeccionar su inglés y aspiraba a uno de los empleos dorados que la empresa ofrecía en los cuarteles generales de Atlanta. “¿Sabes, chico? -me dijo en algún momento de aquel viaje-. Lo que yo llevo en las venas no es sangre. Es Coca-Cola pura y sin burbujas.” Cuando el sollozo se apagó un poco, me le acerqué y le pregunté en castellano si podía ayudarlo en algo. Tardó en reconocerme, pero cuando entró en confianza se desahogó.

Había llegado a Atlanta en 1994 y desde entonces “todo le había ido de maravilla”. Tenía una esposa americana, dos hijos, y unos tíos pescadores que vivían en Maine. A veces -me dijo_, la colmena de Atlanta le parecía desalmada y ajena: un lugar rutinario, sin amigos ni sobresaltos. “Pero la Coca-Cola está allí y, vamos, eso ha sido siempre mi vida.” La mañana del 24 de enero, Aurelio recibió la noticia de que la empresa lo había despedido. Él era uno de los 6000 empleados que el presidente Daft había declarado prescindibles. “No tuve el coraje de contárselo a mi esposa -dijo-. Empaqué un poco de ropa, la llamé por teléfono y le mentí que mi tío estaba enfermo y quería verme en Maine. Entonces subí a mi camioneta japonesa y me lancé a la tormenta. ¿Ves lo blanco que está todo afuera? Así ha quedado mi vida ahora: como un desierto ciego.”

A la mañana siguiente, en Boston, leí en los diarios que otros 2000 empleados de Coca-Cola estaban llorando las mismas lágrimas amargas de Aurelio Sánchez Ces y que otros muchos esperaban de un momento a otro la carta fatídica. Lo que se les ha venido encima no es la miseria, sino algo peor: la injusticia, el fracaso sin regreso.
En la Segunda Guerra Mundial, en el juicio de Nuremberg, en Vietnam, la botella en forma de maní truncado era el símbolo de la intocable felicidad norteamericana. Ahora que las tormentas de hielo soplan en la dirección equivocada y que El Niño ha puesto el norte donde antes estaba el sur, nada parece seguro. El imperio está más próspero que nunca, como acaba de afirmar Bill Clinton, pero aquí y allá aparecen fisuras, grietas de agua y agujas de hielo que caen sobre la gente y la hacen llorar.

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